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15 de mayo de 2009

Cleptomanía en Westminster

La cleptomanía en la esfera política latinoamericana no es algo nuevo ni extraño. De hecho, el tema de la corrupción en la Región tiene complejas raíces en la herencia histórica, las dinámicas sociales, la cultura política, el sistema de intercambios y regulaciones, etc. que más o menos todos podemos clamar perjuicio colectivo.
Los británicos han pasado una semana escandalosa desde que un informe publicado en the Daily Telegraph involucrara a varios miembros del Parlamento -Laboristas, Conservadores y Demócrata Liberales; Lores y Comunes, toditos en 'la bolsa'- en varios irregulares pagos de beneficios y concesiones. El asunto es muy delicado, no se habla de otra cosa sino del tema y las voces públicas expresan una general indignación en tiempos donde el desempleo a subido a su récord histórico, superando incluso los tiempos del Tatcherismo (disculpen, éste último es un comentario/posición histórico-política). Es más, algunos líderes de opinión están planteando reformas políticas radicales, como la definitiva instauración de una constitución escrita, que garantice la palabrita mágica de la democracia liberal: 'accountability' (rendición de cuentas).
No es que se hayan robado la plata a mano armada, no. Algunos de estos honorables caballeros y damas pagaron con dinero asignado a gastos de estadía en Londres decoraciones, remodelaciones, hipotecas y una serie de excesos que caen muy pesados en tiempos donde muchos, millones, estamos apretados para pagar las propias cuentas.
El rollo es complicado y ésta vez para todos. Hay varios vértices que merecen atención en el análisis -lo que aquí no se hará en profundidad esta vez- como la venidera elección Europea, la campaña de los Tories (Conservadores) para que se convoque a elecciones, la crisis financiera, etc. Sin embargo, caminado por las calles y escuchando la radio, conversando simple y abiertamente esta mañana con una jardinera jubilada, me acordé del grito popular argentino de 2001 cuando coreaba 'que se vashan todos...!'
Claro, son británicos y mucho alboroto tampoco van a hacer, pero cambios seguramente van a venir.
Caricaturas de Peter Brookes, The Times

11 de abril de 2008

"Mind the gap" en Waterloo

8:37 de la mañana. El tren lentamente va desacelerando y la ceremonia comienza. La célebre frase londinense se hace presente Mind the gap y todos a incorporarse a la "manada humana" rumbo al trabajo.
Headphones en los oídos, a escoger uno de los varios diarios matinales, tal vez un café en la mano (algo digamos muy americano que va "ganando espacio" en la cultura local), el desayuno apurado y el eco de las zuelas desesperadas recorriendo los interminables túneles del tube.
Ante la frenética ceremonia opto por la ruta alternativa. Mientras aquel ciudadano con cara de cordero degollado intenta convencerme a comprarle el último Big issue, la ciudad poco a poco va ofreciendo su imponente imagen. El London Eye justo al frente y por si fuera poco el south bank del río Támesis.
No hay mucha gente al rededor y por supuesto todavía no se han instalado los miles de turistas que visitarán horas más tarde esta célebre esquina, tan sólo esa pareja de japoneses jubilados que posan juntos, brazo extendido y cámara en frente mediante, para obtener un memorable recuerdo con el palacio de Westminster a orillas del mentado río como marco perfecto.
Enfilo las gradas. Quienes a esa hora siguen trotando lo hacen quizá pensando en la maratón del domingo. El kiosco de los souveniers, que seguramente vende más que un supermercado en mi país. Comienza el paso sobre el puente de Westminster que tal vez dura 2 o 3 minutos pero que parece atemporal porque es imposible evitar la admiración total del Big Ben frente a uno. Símbolo de la exactitud, del mundo del tiempo.
Un nórdico con cara de éxito saca su teléfono celular y apunta directo hacia el reloj. El double decker para justo detrás de la línea permitida y la multitud sentencia su paso por una de las capitales más maravillosas de este insano mundo.