20 de abril de 2011

entrevista por el PIEB: la coca como "artefacto político"


El PIEB es una de las instituciones más serias y con mayor volumen en investigación social en Bolivia. Hace algunas semanas, el sistema informativo de esa institución, SI-PIEB (pueden seguirlo en Twitter), me hizo una entrevista sobre la investigación que desarrollo en el tema de la coca como "artefacto político".

La introducción al tema es un poco difusa, pero expongo algunas propuestas teóricas y empíricas que creo resumen mi trabajo de observación y exploración en tiempos recientes. Copio a continuación al entrevista publicada y espero sus comentarios:

La hoja de coca es “una especie de artefacto político que sirve para validar posiciones históricas, reivindicaciones, discursos, generalmente”, dice el investigador y docente de ciencias políticas en la Universidad Nuestra Señora de La Paz, Pablo Rivero.


No se trata de sus conclusiones finales sino de acercamientos preliminares de un estudio sobre las prácticas discursivas o las prácticas políticas ritualizadas que se arman alrededor del cultivo de la hoja.
En entrevista con el SI-PIEB, Rivero opina que hasta ahora las investigaciones se han enfocado dentro de campos intradisciplinarios, por ejemplo el nexo coca cocaina o los ritos mirados desde la antropología, pero que hace falta una interdisciplinariedad que aborde la construcción social entorno a la coca considerando su impacto político, económico, simbólico.


¿Por qué ver este ángulo del tema de la coca, las prácticas ritualizadas? El trabajo tiene varias dimensiones, por un lado hay toda una construcción teórica porque he encontrado una debilidad en la argumentación teórica de la antropología política, todavía no robusta para analizar este tema. Mi primer objetivo es construir categorías de análisis, tratar de encontrar argumentos teóricos y metodológicos para construir un debate, y empezar a observar empíricamente distintos fenómenos de la política, desde la perspectiva ritual. ¿Por qué prácticas discursivas? Básicamente existen mecanismos formales o tradicionales de comunicación, es decir hay formas de intercambio de comunicación en la sociedad que son explícitas, materiales y medibles en el tiempo y en el espacio. Pero hay otras formas que también rigen las formas de reproducción de poder que no necesariamente son sólo políticas, y éstas son formas rituales basadas en argumentos teóricos, no tangibles (…).


¿Cuáles son esos rituales que ha identificado en estas relaciones de poder que se tejen? Lo que he tratado de hacer es marcar varios tiempos, el tema es muy grande, hay que tomar decisiones y dejar algunos aspectos fuera. Lo que tengo consolidado es sobre todo un argumento contemporáneo: el cambio cualitativo ritual político de la coca, estamos hablando de 1991 a 2006. Esto tiene un antecedente histórico inmediato que es que la producción de hoja de coca localizada en ciertos escenarios específicos, empieza a reproducir nuevos valores sociales o empieza a concentrar nuevas formas de reproducción política, como son los sindicatos. Un hito central es la migración minera al Chapare después de la relocalización, se traslada esa tradición sindical y las formas de reproducción del poder o de lucha por el poder (…). Al mismo tiempo aparece una condición simbólica importante que es la reasignación de valores de la hoja de coca, a partir de la nueva Constitución, sobre todo hago énfasis en la dimensión discursiva, aunque hay una dimensión material efectiva que de ninguna manera la niego (…).


¿Esta reasignación de valores viene desde 2006, o vendría desde antes? Creo que la génesis de esta reconversión de valores está dada a principios de los ‘90. Es manifiesta y explícita en el proceso político contemporáneo entre 2002, 2005, 2006 y se materializa en la nueva Constitución de 2009. Ésa es la concreción del proyecto histórico.


¿Esta reasignación de valores viene por parte de los productores o del Estado? Es una construcción social colectiva. No podemos aislar a ninguno de los actores, ni el Estado queda fuera, las fuerzas del mercado no quedan fuera, los productores no quedan fuera, pero tampoco los consumidores pasivos o activos (…). Estamos hablando de un colectivo social que se multiplica por miles y le asigna un valor (a la coca), (nace) una construcción social de este valor. Ahí es donde políticamente podemos definir que la coca se ha convertido en un comunicador político, asignador de valores, una especie de artefacto político que sirve para validar posiciones históricas, reivindicaciones, discursos generalmente. La construcción lógica del discurso (por ejemplo el discurso de la “sagrada hoja de coca”), la construcción simbólica del discurso anticolonial puede decantarse a través de la coca, cobra sentido.


¿Esa carga política sucede desde los ’90, es desde esta época? (…) La memoria larga de esta relación política en la coca es fuerte, transciende la república y llega hasta posiblemente el Virrey Toledo durante la colonia. Justamente discutía este tema en Hamburgo porque me decían “cuál es el momento” en que esa acumulación de capital social, cultural y capital económico se convierte en factor de capital político. Ahí tengo un reto académico de encontrar una hipótesis sólida porque por ahora creo tener una especulación relacionada con la migración de sectores altamente políticos de las minas a lugares de producción de la hoja de coca. Otro factor que me parece importante observar es cómo la coca trasciende las fronteras culturales tradicionales, ingresa en las clases medias urbanas y penetra en indígenas que tradicionalmente no consumían coca, por ejemplo los guaranies. Todavía hay que investigar, posiblemente con metodologías más empíricas o de campo, estos comportamientos y contrastarlos con una relación histórica.

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