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25 de noviembre de 2018

Violentos, incluso sin quererlo


9 y pico de la noche de un miércoles de octubre. En La Paz, aunque sea formalmente primavera, a esa hora y en la estación de Sopocachi de la línea amarilla del teleférico hace frío igualmente. 

Ella sube a unos 6 u 8 escalones por delante. Delgada, bufanda en el cuello y bolso colgado en un hombro. Quizá sea estudiante o viene de algún curso. Ya en la plataforma para abordar las cabinas, en el último tramo, apuro el paso para alcanzar al cubo volador que está por cerrar sus puertas automáticas.

Con un movimiento rápido me siento en la butaca de madera, se cierra la puerta, comienza el bamboleo de la cabina al elevarse por el cable y tengo enfrente a la muchacha. Luz tenue, casi tétrica, son segundos de miedo, miedo de verdad.

Ella, sentada en la butaca, rápidamente se mueve hacia el rincón extremo de la cabina y saca su celular del bolso, que pone por delante como un objeto de protección. En una maniobra rápida, se pone los auriculares en las orejas y comienza a mover los dedos sobre la pantalla táctil. 

La miro de reojo, hago lo mismo mientras pienso en detalle de la situación. A 20 metros sobre el aire, con las cabinas cerradas y en movimiento, no hay otra que compartirla hasta llegar a la siguiente estación. Miedo de verdad. Pero en ella.


21 de junio de 2018

Los venezolanos de la esquina


Lima, 9 de la noche de un sábado durante el Mundial. Al mediodía, Perú perdió 1 a 0 contra Dinamarca y la ciudad aún no se recupera del golpe anímico, pues la fiesta estaba armada. Hace frío para los limeños aunque todavía es benigno para quienes venimos de climas más hostiles.

En el lobby del hotel espero al conductor de la empresa que habitualmente nos hace el traslado al aeropuerto. Llega y tras un saludo intrascendente nos montamos en un Geely negro marcha china que gana terreno en América Latina. Como siempre, me subo al lado del conductor; no me gusta hablarle a la gente por la espalda.

Eduardo, venezolano, cuarenta y tantos años, estatura mediana, ojos pequeños y un bigote fino sobre el rostro bien marcado por su delgadez. Viste todo de negro y lleva las mangas de la camisa arremangadas, cual si estuviera en el trópico. Fija el celular en el tablero y pone las instrucciones de navegación; conduce con cuidado. 

Antes de llegar al circuito de playas, vía rápida hacia el Callao, la conversación está instalada.

Eduardo llegó hace tres meses a Lima y se siente tranquilo. Dice que fue la mejor decisión que pudo tomar y le agradece a su hija mayor, quien salió primero en noviembre de 2017, “pues allá no hay más que hacer, está todo perdido”. Le tomó nueve años levantar una tienda de artesanías en Caracas junto con su esposa y, a pesar de todo, la vida iba bien. Pero hace dos años la escasez se acentuaba y las ventas empeoraban; intentó volver al trabajo de su juventud, la construcción, pero no había material y el sector estaba paralizado. Decidió marchar.

Eduardo dice que a su esposa le cuesta tolerar el frío estacional, que si bien ellos vienen de una zona templada de Venezuela, el frío del invierno en Lima la tiene a mal traer, "vea usted que esos pies son un hielo por la noche y no hay cómo calentarlos". Con todo, se sienten tranquilos. Me lo dice en un cruce de vías con el semáforo en rojo. “Fíjese, aquí vamos conversando y sin peligro, tranquilos, llego a casa a las 10 u 11 de la noche sin problemas. Allá el peligro está en cada esquina, la gente mata y muere por miserias”.

Primero llegó la hija mayor de Eduardo. Lo hizo a Lima, una ciudad en la que es ya común -como en Bogotá, Medellín, Santiago o tantas otras de Sudamérica- escuchar a la mesera o la empleada doméstica, al guachimán o incluso al vendedor ambulante, con acento venezolano.

Eduardo agradece a dios varias veces, no entro en detalles pero está clara su fe. Me dice que agradece por tener comida y todo lo básico gracias al apoyo de mucha gente en Perú; desde la persona que les alquila un par de piezas hasta quien le dio el trabajo. Puede comprar pan, leche, café, azúcar, huevos, carne de res o papel higiénico, “es una cosa increíble, aquí hay de todo, y si uno trabaja, con lo que gana ya está tranquilo, come dos o tres veces al día, cubre todo lo que necesita”, sentencia. 

Hago un silencio ya muy cerca del Callao y me confronto mentalmente con la “normalización” de la violencia, la escasez, el hambre.

Eduardo dice que la crisis venezolana es responsabilidad del gobierno. “No sé si hay o no esa conspiración pero cómo es posible que el gobierno no haga algo por el pueblo: ellos allá viviendo tranquilos, con todo ese dinero del oro y el petróleo, y la gente en las calles pasando hambre”.
Foto: UN News
El viaje

El atasco del tráfico en el Callao me da la oportunidad de preguntarle cómo fue su viaje.

Eduardo, su esposa y su hija pequeña fueron a dormir tres noches a la calle, en una fila que se instala de manera informal en lugares señalados por empresas de transporte. “Allí hay que dormir pues pasan lista a las 9 de la noche, a las 12 noche y a las 3 de la madrugada. Si alguien no está en su lugar sale automáticamente de la lista”.

El bus rumbo a la frontera colombiana va con 50 personas y se demora más de 12 horas en conseguir el sello del pasaporte. “Viera la cantidad de gente cruzando ese puente, es todo un caos”, dice Eduardo. Luego viene el problema del bus colombiano. Ellos tuvieron suerte y lo consiguieron al día siguiente, durmieron sobre cartones en la calle, de nuevo en la calle. La frontera entre Colombia y Ecuador fue, nuevamente, un trámite de 8 horas para sellar pasaportes, aunque luego fue más fácil tomar el bus. 

Cansados y ya en el último tramo, Eduardo dice que no hubo problema al cruzar hacia Perú, les tomó pocos minutos pues no había mucha gente. “Bienvenido a Perú, me dijeron. Usted no imagina la alegría que nos causó que nos dieran la bienvenida”. 

“Aunque hay gente que se aprovecha y quiere pagar menos que el salario mínimo, o incluso acosan a las mujeres venezolanas, mucha gente en Perú nos entiende y ayuda, sabe que venimos aquí porque allí ya no se puede vivir”, aclara Eduardo, que ya está viendo cómo hacer para que sus dos hermanos lo sigan. Uno estará en Lima con ellos y el menor, de 30 años, irá a Arequipa; ya tiene conversado un puesto de trabajo para él.

“A los que están en la calle, les compro un dulce o lo que sea. Son mis compatriotas y hay que darles una mano, aunque duele mucho verlos así. Sabrá dios lo que están pasando para escapar de esa situación”, me dice ya con pena y más confianza. 

Llegamos al aeropuerto Jorge Chávez y al bajarnos del Geely olor a plástico Eduardo saca mi maleta con diligencia. Le estiro la mano y él me la toma confiado, a lo que sigue un abrazo. Me desea buen viaje y sentencia: “si ve a un compatriota en las calles de su país, ayúdelo, ya usted sabe cómo está la cosa”.

crónica publicada en la revista dominical Rascacielos

19 de abril de 2011

¿en tu país qué comen?



foto: PA Rivero
La cálida recepción y la voluntad de comentar sus experiencias era la primera grata impresión digna de destacar. Estábamos terminando de recorrer un par de parcelas donde mujeres aymaras de la comunidad de Amachuma Grande -en el municipio de Palca- trabajan organizadas y por incentivo de una ONG internacional en la implementación de proyectos productivos para enfrentar los efectos del derretimiento acelerado de los glaciares del Mururata, nevado que alimenta de agua a la región.

Llegamos al 'patio de honor' como lo llamó con humor Grover el ingeniero agrónomo que guiaba la visita. Era un polvoriento espacio que apenas recibía la sombra de un descuidado pino, entre el cuarto que se utilizaba de cocina y un cerco de piedra que seguramente servía de contención de la casa de una comunaria en aquel terreno en pendiente, y tal vez como 'espacio vital' de alguna gallina.

Rápidamente colocaron sillas, troncos o lo que hubiese a mano para montar un círculo y allí coordinar temas relativos a futuras actividades. Nos ofrecieron asiento en posiciones de privilegio -a los barbudos "ingenieros" o "licenciados", da igual- a pesar de que simplemente estábamos allí para recolectar información, contrastar lo discutido en la oficina de la ONG y volver a la ciudad a diseñar proyectos. Sentí que la calidez y soltura del ambiente me permitía sacar la cámara y tomar algunas fotos del encuentro, así que me limité a capturar el transcurso de la reunión.

siviendo el apth'api
foto: PA Rivero
Cuando se había acordado todo, en un gesto no predeterminado pero casi coordinado -quizá producto del hambre que ya todos sentíamos- anunciamos la partida. Inmediatamente una de las mujeres de mayor edad, con una sonrisa en el rostro, nos invitó a compartir con ellas un apth'api, una comida colectiva-ritual de la región andina que agrega a un colectivo alrededor de papas recién cosechadas, chuños, ocas deshidratadas al sol, queso criollo, huevos hervidos y otros complementos menos virtuosos para mi 'occidental' paladar. 

Ingerir sistemáticamente una buena cantidad de tubérculos puede resultar un ejercicio pesado y por suerte iba circulando un vaso con "Simba", que, claro, debía ofrecer el primer chorrito a la Pachamama. A pesar de ello, los citadinos mestizos -o quienes no pertenecemos étnicamente a este grupo indígena- sabemos que es un factor social integrador y acabar lo que en el aguayo nos ha sido ofrecido es la mejor manera de corresponder la amable invitación.

En el preciso momento que comía una de las últimas ocas, la mujer sentada a mi lado, de arrolladora personalidad y carismática sonrisa, me preguntó con certeras palabras ¿en tu país qué comen?

En medio de la risa general, bajé la mirada y me pregunté a mí mismo, ¿a pesar que nuestras casas están a 80 kilómetros la una de la otra, a pesar que nacimos y crecimos mirando las mismas montañas, así de lejanos estamos que nos cuesta trabajo reconocernos? ¿Así de distanciados estamos producto de esta maldita desigualdad, en este desencuentro histórico que aún se reproduce y que no nos permite siquiera reconocernos y convivir abierta y cordialmente en la diferencia?

Aquí comparto más fotos de aquel día:

Este post está concursando en la campaña Convivir, Sembrar Paz, te invitamos a comentarlo, votar por él desde el 7 de Mayo y también escribir un post propio en tu blog para participar del concurso. Entérate de las bases, ingresa a http://www.serbolivianoes.org.bo/bases-concurso-bloguers

9 de noviembre de 2009

La Madre Coca

La hoja de coca ha ocupado gran parte de mi esfuerzo intelectual/emocional reciente. El reportaje de Cecilia Lanza de La maja barata, disponible en VJ Movement, aborda algunas de las múltiples contradicciones y paradojas que la 'hoja sagrada' representa y reproduce en su función socio-política, económica, ritual y simbólica.

He tratado infructuosamente de 'colgar' el video en este post, sin embargo lo pueden ver haciendo clic aquí. Interesante.