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Escribo estas líneas a pocas calles del centro histórico de Riga, una ciudad que se fundó en 1201, en plena Edad Media. En sus orígenes, la ciudad acogió a clérigos alemanes que pretendían evangelizar el noreste de Europa y también a comerciantes de la liga Hanseática.
Dada su importancia estratégica, tanto comercial como militar, Riga sufrió varias invasiones a lo largo de los siguientes siglos. Los imperios polaco, sueco, ruso y prusiano, respectivamente, tomaron control sobre la ciudad alternadamente, violencia mediante, hasta entrado el siglo XIX.
Como consecuencia, la ciudad sufrió muchas modificaciones urbanísticas, principalmente erigiendo murallas de defensa, puertas de acceso, puntos de vigilancia y observación.
Estas líneas, sin embargo, no pretenden abundar en la historia urbanística de Riga o las formas de hacer política durante la Edad Media. Por el contrario, mantengo la preocupación y la mirada en la manera como muchos de los gobiernos de hoy, casi todos, están caminando en dirección contraria a la superación de esa preconcepción medieval de control, observación y vigilancia.
Me refiero a los gobiernos progresistas, liberales, conservadores, autoritarios, revolucionarios. Todos ellos siguen pretendiendo transferir su capacidad de control sobre el Estado hacia las nuevas formas de información y comunicación. Hacia internet.
Las pugnas por el control sobre la información y la comunicación han sido siempre parte de la política y la guerra. La diferencia actual es el escenario de esas disputas. Ya no está limitado espacial ni temporalmente a un contexto, no se restringe a un bando, una bandera o a un color, ni siquiera a un idioma. La forma como vivimos hoy la experiencia de interrelacionarnos a través de internet, mediante aquello que se denominan los medios sociales (y no sólo las redes sociales), es multitemporal, exponencialmente dinámica, compleja y contradictoria, simultáneamente conectada y no conectada a la realidad.